domingo, 22 de mayo de 2011

TP2 Lengua

TRABAJO PRÁCTICO Nº 2
LENGUA

TEMA: EL CUENTO. COMPRENSIÓN

NOTA: No es necesario imprimir el trabajo. Podés responder las consignas en hoja de carpeta, escribiendo TRABAJO PRÁCTICO Nº 2, EJERCICIO B / C y escribir las respuestas directamente, sin copiar las preguntas.
FECHA DE ENTREGA: LUNES 6 DE JUNIO.

CONSIGNAS:

A. Leé el siguiente cuento de Juan Pedro Mc Loughlin

PUPINO

Los ojos se abrieron desmesuradamente, ganándole a la espléndida mañana de octubre. Y no era para menos.

Porque el almanaque indicaba el día siete. Porque era sábado. Y… ¡Vaya razón!... Porque se cumplían exactamente siete años desde que había entrado al mundo chillando como un “marrano”, costumbre que no había perdido a lo largo de su vida.
Casi siempre se levantaba malhumorado. Especialmente los días de semana, cuando la madre le quitaba el pijama, le colocaba las medias, pantalones, camisa, zapatos y corbata. Le lavaba la cara, lo peinaba y lo llevaba semidormido a la mesa. Allí comenzaba la gran batalla. Porque apenas el niño se despabilaba comenzaba a encontrarle defectos a las tostadas, intentaba desabrocharse el cuello de la camisa o protestaba por la mucha o poca leche que habían colocado en su café.
Así, con mucha dificultad, la madre lograba introducirlo en el micro de don Luis, quien todas las mañanas debía insistir con repetidos bocinazos, los cuales se habían convertido en el despertador habitual de los vecinos más remolones.
Pero hoy, siete de octubre, no había que asistir al colegio. Porque era sábado. Y no era un sábado cualquiera. ¡Era un sábado de cumpleaños! ¡Su cumpleaños!
Primero fue la abuela la que irrumpió en el cuarto, alrededor de las diez de la mañana. Aún dormía Pupino, tal cual lo llamaba ella al pequeño Miguelito. El sobrenombre surgió en un tiempo muy remoto, cuando la abuela se divertía nombrándole veinte veces al día el pupo, pupito o pupino (vulgarmente conocido como ombligo) para que el niño lo señalara con su entonces pequeña manito.
Y primero fue la abuela la que entró en el cuarto de Pupino, invadido por robots a pilas, autos a control remoto y afiches de Batman, Superman y Los Tres Chiflados… Luego de acertarle un sonoro beso en las mejillas, la anciana clamó:
-¡Feliz cumpleaños, Pupino!
En ese preciso instante, el Zorro, quien observaba desde la cabecera de la cama, pareció intentar arrojar una certera estocada sobre la profanadora del dulce sueño de Miguelito. Pero cuando el niño despertó intentando esbozar una protesta por aquel atropello recordó que era siete de octubre. Cambió el ceño fruncido por una sonrisa de oreja a oreja y sin pronunciar palabra abrió desmesuradamente los ojos y gritó en su corazón: “¡Hoy es el gran día!”

Miguel Villalba atravesó los enormes pasillos de su fábrica de juguetes mecánicos. Descendió a la playa de estacionamiento particular y su chofer se apresuró a abrir la puerta trasera del coche.
-Señor Villalba, señor Villalba –una delgada figura se precipitó por los peldaños de la escalerilla esgrimiendo un grueso libro rojo-, señor Villalba, discúlpeme, pero por descuido no observé que en la agenda estaba anotado el cumpleaños de su hijo. ¡Discúlpeme usted!
-¡Es cierto! –replicó Villalba golpeándose la frente con la palma de la mano- No hay un año en que lo recuerde por mi cuenta. ¡Es que tengo tantas cosas en la cabeza!
-Debemos escoger un regalo –agregó su fiel secretario consultando la gruesa agenda que parecía haberse puesto colorada de vergüenza. –El año pasado fue un tren eléctrico, el anterior la pista de autos de carrera… Cuando cumplió los cuatro escogimos un robot con luces… este año… ¿Podría ser un velero miniatura a control remoto?...
La pregunta quedó suspendida en el aire, porque el señor Villalba buscó el cielo con los ojos y no respondió.
-¿…Señor Villalba? –insistió el hombre de la agenda, estirando hacia delante su largo cuello venoso.
Miguel Villalba descubrió un retazo de cielo que había quedado enganchado entre su enorme fábrica y un edificio vecino.
-¿Quizá prefiere una lancha último modelo con colores fosforescentes?...
El interrogado permanecía petrificado al lado de su chofer quien aún sostenía la puerta como si esta fuese a caerse en cualquier momento.
-… ¿Señor Villalba?
-¡Oh! No, nada de eso –lo interrumpió don Miguel arrojando por tierra en un segundo las prolijas acotaciones de Martín.
-Bien… busquemos otra cosa –atinó a decir el cada vez más delgado secretario sin desanimarse… -Podría ser, podría ser…
-No Martín, no pienses más. Este año no será ningún juguete mecánico… Ya veremos por el camino. ¡Vamos Andrés!
Don Miguel se introdujo en el coche y la puerta se cerró tras él, liberando de la incómoda posición al chofer, quien se ubicó junto al volante.
El vehículo partió velozmente, mientras la figura de Martín adelgazó definitivamente y se confundió entre las enormes paredes de la fábrica de juguetes mecánicos “El Paraíso del Niño”.




De un salto Miguelito abandonó la cama, mientras su madre y su tía se abalanzaban sobre él abrazándolo y besándolo. Acto seguido le entregaron sendos paquetes decorados con coquetos moños que Pupino se encargó de deshacer a manotazos. De ese modo aparecieron ante sus ojos, por un lado, un cerebro electrónico que encendía una lucecita amarilla si el niño acertaba la respuesta correcta y, por el otro, un “revólver intergaláctico” que lanzaba balines “inofensivos”.
El pequeño Miguel estaba tan entusiasmado que no atinaba a decidir con cuál “chiche” jugar primero. Y mientras la tía alababa las cualidades didácticas del juego que ella había comprado, la madre luchaba por quitarle a Pupino las mangas de su pijama y colocarle una camisita de cuadros.
A lo largo de la ancha avenida se deslizaba velozmente el Mercedes conducido por Andrés. Esa mañana el señor Villalba no viajaba releyendo ningún contrato ni revisando los papeles de su portafolios negro. Simplemente miraba a través de la ventanilla. Y miraba el cielo.
-… ¿Andrés?... –dijo don Miguel sin abandonar su punto de observación.
-Sí, señor.
-Necesito que me contestes… -el señor Villalba hablaba lentamente, como armando un rompecabezas con las palabras-,…a ver… ¿Cuál fue el juguete que más te gustó en tu niñez?
-¿…Cómo, señor? –replicó el conductor sorprendido por la inusual consulta.
-Digo… -y ahora don Miguel dirigió su mirada hacia las anchas espaldas de Andrés- …¿Cuál fue el juguete que recuerdas con más cariño?
-Señor, es que… -Andrés ensayó el principio de un pretexto para evitar la respuesta- … Cómo le diré, yo nunca tuve un juguete…de esos lindos, señor.
-¿Querrás decir… juguetes caros… porque lindos seguramente lo serían… por lo menos para vos –corrigió don Miguel.
-Sí, eso sí –aseveró el chofer acariciando al descuido la circunferencia del volante.
-¿Y entonces… cuál fue el que más te gustó… el que recuerdas con más cariño? –concluyó don Miguel Villalba.
-Con más cariño –repitió el chofer animado por el tono cordial de su interlocutor- …déjeme pensar… -y revolviendo en pocos segundos el baúl de los recuerdos respondió- … un barrilete, señor.
-¿Un barrilete… y por qué?
-Porque lo hicimos mi padre y yo en una tarde de lluvia y lo remontamos en un domingo de viento. Porque lo crearon nuestras manos, porque es uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi viejo… digo, de mi padre, señor.
El automóvil se colmó de pronto de un silencio profundo. Don Miguel Villalba volvió a mirar por la ventanilla e hizo descender el vidrio de la puerta trasera. Todo el viento de la calle le golpeó en la cara y se arremolinó en sus cabellos grises.




Cerca de la hora del almuerzo, mientras esperaban la llegada del señor, las muchachas de servicio se movían con celeridad colocando la vajilla sobre la mesa y limpiándolo todo. En el comedor, la señora Villalba conversaba con su hermana y la abuela miraba televisión en la “sala de estar”.
Allá arriba, en el primer cuarto a la derecha de la escalera, Miguelito se había cansado de sus flamantes juguetes. “Cachuzo”, su perro lanudo, se había refugiado debajo de la cama para evitar ser blanco de los inofensivos balines. Una de sus patas se enredó con algunos de los cablecitos que habían pertenecido al “cerebro electrónico”, y que daban claras muestras de haber sido cortados con una tijera.
Pupino bostezó largamente y sacudió los restos vidriosos de lo que había sido la luminosa lamparita amarilla que se encendía ante la respuesta correcta. Se recostó cara al techo y se desperezó retorciéndose sobre el suave alfombrado. Así se quedó dormido. Así lo encontró don Miguel cuando penetró en el cuarto. Miró a su hijo y recorrió de un vistazo la revuelta habitación. Dejó sobre una de las sillas el paquete envuelto en papel madera que traía entre sus manos y acercándose al niño lo besó en la frente. Pupino despertó y saltando de alegría abrazó a su padre. Inmediatamente se puso a buscar la maravilla mecánica que, como de costumbre, estaría escondida en un lugar del cuarto.
-No, Miguelito, no. El regalo no está escondido. Está ahí… sin misterios esta vez.
Y don Miguel le señaló la silla donde reposaba el pequeño envoltorio, sin papel de regalo, sin moño, y sin dimensiones excepcionales. Pupino se dirigió intrigado hacia el paquete y al desenvolverlo retrocedió espantado.
-¿Y esto qué es? –preguntó.
-Es… -comenzó a explicar son Villalba rascándose la barbilla- son… unos pinceles, témperas, papel, unas cañas…
-¿Y el regalo? –desesperó Miguelito casi al borde de las lágrimas.
-¡Ah!, eso depende de nosotros –respondió su padre con soltura.
-¿Cómo… de nosotros? –volvió a cuestionar Pupino tratando de serenarse un poco y comprender qué estaba sucediendo.
-Claro… -y don Miguel se colocó de cuclillas al lado de su hijo- ¿Te acordás del aeroplano que te regalé, y que volaba a diez metros de altura? ¿Te gustó, no?
-Sí –sonrió el niño confortado ahora por aquel grato recuerdo que había destrozado en cuatro días.
-¿Por qué te gustaba tanto, a ver?
-Y… porque tenía lindos colores… y además porque volaba alto.
-Bueno… -prosiguió don Villalba con mucha calma-, el regalo, que hoy depende de nosotros, va a tener colores más vistosos y va a volar mucho más alto.
-¡Más alto que el aeroplano a control remoto! –abandonó Pupino el semblante sombrío y se le iluminaron los ojos por una posibilidad insólita.
-Sí –aseguró don Miguel poniéndose de pie pues ya le dolían las piernas –pero lo tenemos que hacer nosotros mismos, ¿te animás?
-Sí –afirmó Pupino en el límite de la curiosidad.
-Bueno, manos a la obra.
Y don Miguel Villalba se quitó el saco y mandó a Miguelito traer de la cocina harina y agua.




-Julia, ¿avisó al señor que el almuerzo está listo?
-No señora, fui a la habitación del niño y allí no estaban. Busqué por el resto de la casa y no los encontré. La cocinera me informó que el señor y el niño salieron hace unos minutos por la puerta de servicio.
La señora Villalba y su hermana se miraron perplejas.
-Bueno, vaya nomás Julia, esperaremos un rato. Supongo que volverán enseguida. Miguel hoy tiene una importante reunión a las tres de la tarde y me pidió almorzar temprano.
-¡Ah! –profirió Julia que había comenzado a retirarse-, la cocinera no sabe si entendió bien, pero dice que al pasar el señor dijo que iban a tardar un buen rato porque… porque tenían que dar unas vueltas por el cielo… o algo así. El niño sacó unas patas de pollo y se las llevó envueltas en papel de diario.
Ahora el gesto de asombro de ambas hermanas tomó un crescendo inusitado.






A pocas cuadras de la casa, y en una plaza solitaria, don Miguel Villalba, dueño de la enorme fábrica de juguetes mecánicos “El Paraíso del Niño”, tiraba del hilo de un barrilete que allá arriba, en un retazo de cielo, agitaba grandes flecos y ostentaba una cola muy, muy larga. Y en el centro de su pecho de cometa pregonaba con colores muy vistosos el apodo de “Pupino”, mientras este, enlazado en las manos de su padre, se reía como nunca había reído en sus siete años de vida.


B. Leé estas expresiones y explicá con tus palabras qué significan.

• “Los ojos se abrieron desmesuradamente…”

• “…había entrado al mundo chillando como un marrano”
• “el Zorro (…) pareció intentar arrojar una certera estocada sobre la profanadora del dulce sueño de Miguelito”.
• “Miguel Villalba descubrió un retazo de cielo…”
• “El interrogado permanecía petrificado al lado de su chofer…”
• “…las muchachas de servicio se movían con celeridad…”
• “Pupino abandonó el semblante sombrío y se le iluminaron los ojos por una posibilidad insólita”.
• “La señora Villalba y su hermana se miraron perplejas”.
• “…el gesto de asombro de ambas hermanas tomó un crescendo inusitado”
• “Y en el centro de su pecho de cometa pregonaba con colores muy vistosos el apodo de Pupino…”
C. Respondé.
1. ¿Dónde y cuándo suceden los hechos?
2. ¿Quiénes son los personajes principales de esta historia?
3. ¿Qué acontecimiento importante sucede ese día?
4. ¿Qué podrías decir sobre Miguelito, de acuerdo con lo que se dice en el relato?
5. ¿Qué podrías decir sobre Miguel Villalba?
6. ¿En qué escala social ubicarías a la familia Villalba? ¿Por qué?
7. El secretario del señor Villalba casi se cae bajando apurado los peldaños de la escalerilla. ¿Qué traía en su mano? ¿Por qué estaba tan interesado en hablar con su jefe?
8. ¿Qué relación encontrás entre el color de la agenda del señor Villalba y la vergüenza?
9. Miguel Villalba no respondía a las sugerencias de Martín, su secretario. Miraba el cielo muy pensativo. ¿Por qué lo haría? ¿En qué estaría pensando?
10. ¿Quién le da la idea a Villalba de construir un barrilete? ¿Qué le cuenta este personaje a Villalba mientras manejaba por la avenida?
11. ¿Por qué Pupino reacciona con gran desilusión al ver el paquete envuelto en papel madera?
12. ¿Qué explicación le da el padre al respecto?
13. ¿Te gustó el cuento? ¿Qué mensaje podrías escribir después de haber leído la historia?

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